
El otro día alguien me dijo que ante los 'problemas' que te van surgiendo - a veces - lo mejor es no hacer nada, absolutamente nada, tarde o temprano algo pasará que conseguirá dirigir el rumbo del problema a un sitio mucho más alentador y respetable, la solución, sea para bien o para mal. Confieso que los cambios de dirección son una fascinación para mí, ese punto donde algo cambia de dirección y se alía con la velocidad para llegar a un destino magistral, te despiertas una mañana y todo es diferente, pero es mejor, incluso si es peor. Me gustan esos cambios, será por ello que soy tan cambiante, pero no puedo evitarlo, es complejo pero fácil, porque es automático e impulsivo, en equilibrio con aspectos de mi forma de ser, creo. El caso es que este genial planteamiento me hizo estar adorando el nuevo arte de no hacer nada durante toda la mañana siguiente. Repasé varios recuerdos 'tenebrosos' de mi pasado y traté de moldeardos en recuerdos de otra historia que pude tener, imaginar y planear como hubiera sido todo en una vida paralela marcada por ese punto de cambio de dirección de no hacer nada. Por desgracia mi jefe me devolvió a la realidad, pero se me quedó inevitablemente en la cara una perfecta sonrisa mientras me preguntaba nos sé qué; la palabra jefe implica en mí y por defecto un rechazo de entrada, por lo que no me preocupó en absoluto lo que pudiera pensar de mí. Una cita que me encantaba desde siempre dice literalmente 'Haz algo, aunque te equivoques', con mi perfecta sonrisa laboral la estaba tirando a la basura. El contrapunto de no hacer nada es hacer todo. Seguimos con nubes y claros por el Atlántico sur, cosas del verano y de las personas especiales, esas que te hacen pensar tanto, y hacer todo, y hacer nada. Sé que acabo de empezar y ya suena redundante, pero es que dos y dos siempre suman cinco.